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martes, 1 de noviembre de 2016

Meditación, una ayuda para mantener una buena actitud ante la enfermedad

www.lamenteesmaravillosa.com




Hace tiempo escribí una entrada que se llamaba Meditación, ¿servirá para las arritmias?, en la que presentaba mi visión ante esta práctica y la cantidad de parafernalia que rodea a algo que es aparentemente muy sencillo.  Algunos me preguntaron si la práctica de la meditación me había servido para controlar la FA, y a estas alturas es evidente que no. A mí no me ha resuelto mi problema, mi aurícula ya está algo dilatada y probablemente mi alteración electrofisiológica sea muy fuerte, más que la meditación.

Pero la meditación tiene otro aspecto que pocas veces mencionan los que la practican, y que es muy importante para los que estamos enfermos. Esto es lo que quiero explicar aquí.

La meditación, en pocas palabras, no es más que un ejercicio en el que obligas a la mente a pensar en lo que tú quieres durante el tiempo que te propones. Puede ser el centrar tu atención en la respiración, en números, en una imagen, frases, mantener un sentimiento de bondad, etc (todas ellas son formas de meditación centrada en un objetivo), también se puede meditar intentando estar plenamente consciente en hacer algo y evitar que tu mente piense en nada mas (meditación de presencia plena o mindfulness).

Ejemplo de técnica de meditación centrada en un objetivo.En este caso, imaginar una flor de loto en nuestro interior que se abre y se cierra con la respiración. (es.wikihow.com/meditar)


El ejercicio de la meditación realmente consiste en algo tan simple como darte cuenta de cuándo pierdes el objetivo que te has propuesto, y volver a él cuanto antes. A lo largo de la meditación tu mente va a empezar a divagar y lo va a hacer constantemente, el ejercicio de meditar no consiste más que en obligar a la mente a volver a pensar en lo que uno quiere, no en lo que la mente quiere a cada momento. Si tu fuerza de voluntad es alta, volverás una y otra vez a tu objetivo, si es baja, o no tienes el día fuerte, te darás cuenta de que tu mente ha estado perdida en ensoñaciones: en lo que tenías que hacer mañana, en un problema, etc.  y apenas habrás cumplido tu objetivo: pensar en lo que te habías propuesto.

En definitiva la meditación no es más que un ejercicio de voluntad que haces con tus pensamientos, es decir, no es más o menos difícil que cualquier otro ejercicio, pero la sutileza de este simplísimo ejercicio consiste en que uno debe: 1- Darse cuenta de cuando pierde su objetivo mental, (cuanto antes te des cuenta, mejor será el ejercicio),  hay que desarrollar por tanto la atención a tus pensamientos, y 2- Luchar por evitar que la mente se vaya en ensoñaciones propias y volver a pensar en el objetivo propuesto. Hay que desarrollar la voluntad para romper cuanto antes las ensoñaciones y volver una y otra vez al objetivo propuesto. Con el entrenamiento la mente cada vez divagará menos, y ello es porque 1- aprendemos a darnos cuenta inmediatamente de cuando se aparta del objetivo, y 2- porque desarrollamos la voluntad de volver al objetivo.

El ejercicio de la meditación desarrolla por tanto dos aspectos que son muy importantes para los que estamos enfermos, la primera es la fuerza de voluntad. Si se medita rutinariamente hay que tener fuerza de voluntad para realizar el ejercicio, que idealmente debería durar entre 30-60 minutos. ¿Por qué tanto tiempo? Por la misma razón por la que se necesita tiempo para hacer un deporte, porque solo si se invierte tiempo en el ejercicio  se puede avanzar en los resultados. Una meditación larga entrena mejor a la mente que meditaciones cortas.  Muchas escuelas de meditación proponen incluso retiros de fines de semana o de más días, algo que solo aconsejo a los ya entrenados.

Algunas posturas clásicas para meditar. Cualquier postura sirve, siempre que permita cierta concentración y se mantengan las caderas horizontales, espalda recta y una posición de cabeza adecuada.
 
La segunda habilidad que desarrolla la meditación es tan importante como la primera: la capacidad de detectar en qué momento la mente se pierde en ensoñaciones que no son el pensamiento que uno se ha fijado. Esto para mi es lo más importante, la meditación desarrolla la atención a tus pensamientos. Cuando estás enfermo tiendes a caer frecuentemente en pensamientos negativos, y la mente termina habituándose a ese estado pesimista creando un “estado estacionario”, en el que parece que, aunque lo pasamos mal, no podemos salir, o no vemos salida.

La meditación nos ayuda a detectar cuándo empezamos a entrar en ese estado pesimista, esta es una de las ventajas más interesantes de la meditación para mí, el entrenamiento para prestar atención a nuestros pensamientos y detectar cuándo empiezan a cambiar, cuando nos comienzan a llevar a situaciones mentales negativas. Este es el punto clave, nuestra mente, ante una misma situación, puede estar en una posición positiva o una negativa. La meditación ayuda a detectar en qué momento la mente se va inclinando al lado negativo, y entonces, con fuerza de voluntad, puede evitarse entrar en dicho estado e intentar luchar por mantener una actitud positiva.



La meditación nos ayuda a mantenernos en el lado adecuado ya que nos ayuda a detectar cuando llegan los pensamientos negativos. El último aspecto de importancia en este punto es el de los recursos mentales a los que acudir si nos detectamos entrando en el “lado oscuro”. Debe existir previamente un listado de razones y actitudes que nos ayuden a reforzar la posición optimista y debilitar la entrada en los pensamientos negativos. Es decir, tiene que haber un trabajo previo en el cual nos hemos dedicado a buscar razones por las que es importante conservar el optimismo, o por las que vivir el tiempo que nos quede de la mejor forma posible es mucho más inteligente que dejarnos dominar por la enfermedad.

Es muy probable que la meditación no ayude a curarnos si nuestra enfermedad no tiene cura, pero sí puede ayudarnos a llevar mejor nuestra vida, sin embargo, como en muchos otros aspectos, que aprendamos a llevar bien nuestra existencia depende de que entrenemos nuestra fuerza de voluntad. 

Como he comentado, la meditación es un ejercicio de equilibrio mental que consiste en aprender a estar atentos a nuestros pensamientos, esta atención en nuestros pensamientos tiene una consecuencia a la que se llega con el suficiente entrenamiento, y que es algo todavía más interesante para mí. Con el tiempo y la práctica, a veces, aprendes a ver los pensamientos como algo ajeno a ti. Es decir, llegas a sentirte como alguien que separa su yo, su persona, de sus pensamientos, es como si aprendieses a ser un espectador de lo que la mente produce.

www.shurya.com
 
Puede llegar un punto en el que tu sensación es la de que ya no te preocupa si tus pensamientos son positivos o negativos, simplemente los ves llegar e irse con serenidad, como quien ve el mar desde un acantilado y observa cómo llegan y se alejan las olas. Ese es el objetivo final de muchas escuelas de meditación, y de gran parte de toda la “liturgia” de las religiones que utilizan la meditación como su herramienta principal, la de extraerse de toda sensación, de todo pensamiento, en definitiva, liberarse del “yo”. No es que no aparezcan los pensamientos, sino que, si se llega a estar entrenado, se puede lograr que los pensamientos no se queden atrapados en nuestra cabeza, no afecten a nuestro equilibrio, sino dejar que fluyan a través de uno y se alejen, como quien los ve desde un acantilado.


Llegar a ese punto creo que solo puede conseguirse cuando se entrena lo suficiente, yo al menos solo lo alcanzo en contadas ocasiones. Pero creo que también se llega más rápidamente cuando se adopta una actitud mental de desapego. Hay quien piensa que el desapego puede ser indiferencia, pasotismo, insensibilidad ante las cosas o sensaciones, pero no tiene nada que ver con eso. No se ignora lo que te pasa, simplemente no dejas que lo que pasa influya en tu equilibrio mental, no dejas que te domine. No es que no sientas, sino que no te sientes atrapado por tus sentimientos, o por las sensaciones, sean estas buenas o malas.

Al final de todo el proceso la palabra clave es esa: el desapego. Desapegarse de los sentimientos, sean positivos o negativos, no negarlos, no resistirse a ellos ni evitarlos,  simplemente no quedarse atrapado  en ellos, dejar que lleguen y que con la misma inconsciencia con la que han llegado, se vayan. Eso es lo que algunos definen como alcanzar la serenidad interior.  Creo que cuando se consigue no dejarse dominar por los pensamientos, cuando se llega a ese punto de desapego, uno puede llegar a desapegarse hasta de la propia vida. Insisto, no es indiferencia ante la vida, es disfrutarla al máximo pero con la distancia suficiente como para saber que todo es relativo, que todo puede terminar en cualquier momento y que por tanto de nada sirve preocuparse por lo que pueda ocurrir en el futuro, por lo que no podemos controlar y, simplemente, disfrutar el presente.


A esos puntos de equilibrio se llega, creo yo, pocas veces, por eso es tan importante entrenar la meditación, por esa razón hay que fortalecer la voluntad para seguir entrenando, buscando los ejercicios, la gente, los lugares, las motivaciones que nos ayudan a seguir practicando y que nos ayudan a buscar el punto de desapego.

Por todo ello creo que la meditación puede ser útil para los que estamos enfermos, pero como en su momento comenté, creo que la meditación tampoco sirve para todas las personas. No todas las personalidades son adecuadas para realizar este ejercicio, lo mismo que quien tiene un problema en el pie no  va a poder dedicarse a correr, o quien tiene ciertos defectos físicos no podrá hacer ejercicios que requieran dichas condiciones.  Hay personas muy cerebrales o racionales que no necesitan meditar, o personas con muy poca sensibilidad para las que la meditación no les va a servir de nada. Existe también el otro extremo, el de personas excesivamente sensibles para las que la meditación puede crearles problemas de ansiedad o intranquilidad cuando la practican, o que simplemente son incapaces de mantener la concentración por su poca fuerza de voluntad.

Si eliminamos estos extremos, creo que al resto del 95% de la gente, especialmente los que estamos enfermos, la meditación nos puede venir bien y es un ejercicio que, al menos, merece la pena probar por algún tiempo. Algunos dicen que, como mínimo, tres meses, pero mi experiencia me dice que es un ejercicio que requiere más tiempo, realmente es un ejercicio de años, tantos como los que dure nuestra existencia.


viernes, 13 de junio de 2014

Saber vivir, saber enfermar, saber morir



Cuando me realizaron la segunda cardioversión, que falló estrepitosamente,  tuve un pensamiento descorazonador. Pensé que ahora que había empezado a aprender a vivir, resultaba que tendría que empezar a aprender a morir. Pero hace poco me di cuenta de que antes de aprender a morir, tengo que aprender a enfermar, tengo que aprender a vivir con la enfermedad.

Si me preguntasen cómo me gustaría morir, yo lo tengo claro. Lo ideal sería morir durmiendo, morirme sin darme cuenta, arropado por el sueño,  acompañado sólo por mi cama, esa sería mi muerte perfecta. Me gustaría morir sin enterarme, pero también me gustaría que nadie estuviese a mi lado sufriendo por mi muerte, me gustaría que fuese una sorpresa para todos, sobre todo para mí.

Mi verdadero ideal por tanto sería vivir cada día como si no fuese a morirme nunca y que la muerte me sorprendiese. No me gustaría estar pendiente de la muerte, pendiente de médicos, de tratamientos y hospitalizaciones, aunque tengo claro que cuando llegue el caso, que llegará, tendré que aceptarlo como parte de mi vida, porque como decía José Luis Sanpedro: “tenemos la obligación de vivir la vida, pero tenemos también la obligación de saber vivir la enfermedad, porque la enfermedad, como la vejez, es parte de la vida”

Mi lucha es la de evitar que la enfermedad me domine, evitar que la enfermedad  domine mis días, mi cotidianeidad, que la enfermedad domine mis pensamientos o mi actitud; mi lucha es intentar vivir cada día como si no estuviese enfermo, intentar que mi entusiasmo por las cosas no disminuya, que no me domine el pesimismo y limite mis ganas de seguir disfrutando de todo lo que pueda. No quiero evitar mi realidad ni ignorarla, pero no me gustaría que la enfermedad dominase mi estado de ánimo.  Me insisto a mí mismo en esta idea, intentando que no se me olvide.


Me gusta imaginarme como alguien que vive como si no estuviese enfermo, como alguien cuyos únicos límites son solo los que le impone, físicamente, la enfermedad.  Pienso en los millones de personas que tenían grandísimos planes y proyectos de vida, a quienes les esperaba en casa un ser querido,  acababan de comprar los billetes de avión para el viaje de su vida, o tenían grandes proyectos que realizar. Personas a las que una enfermedad repentina o un accidente truncaron sus planes en cuestión de segundos, o de pocos días. Así me gustaría vivir lo que me queda de vida. Esas personas no estaban preocupadas por una enfermedad grave o degenerativa, ni por el precario futuro que les podía imponer, esas personas disfrutaron su vida hasta que la muerte se la arrebató. Esa es la diferencia entre ellos y yo, o dicho de otra forma, esa es la diferencia que me gustaría que no hubiese entre ellos y yo. Al contrario que ellos, yo se cosas sobre mi futuro que están configurando y determinando mi presente, y que a veces me angustian y deprimen. Me gustaría que, como ellos, pudiese vivir cada momento como si no supiese cuanta vida me queda.

Pero también me gusta pensar que, a diferencia de ellos, yo tengo una gran ventaja,  puedo preparar mi futuro, puedo organizar mis cosas antes de que me vaya. De hecho ya he me he empezado a preparar,  ya he  hecho un testamento, he hablado con mi hermano y mi pareja sobre qué hacer si algo se tuerce en alguna de las cardioversiones o ablaciones, o si un ictus me dejase tan disminuido que ni siquiera pudiese moverme.

Hace tiempo, cuando aún no estaba enfermo, leí una entrevista de alguien que describía como quedaban las cosas, la vida, los planes, etc. de alguien que muere repentinamente en un accidente, describía la ingente cantidad de aspectos de la vida, actividades, citas, trabajos, etc.  que quedan truncados cuando alguien muere dramáticamente, y de la dureza de la situación para los familiares, parejas o amigos,  intentando cerrar inesperadamente toda esa vida abierta,  toda esa vida que ya no podrá ser. Yo insisto en creer tener una ventaja frente a ellos, me gusta pensar que al menos tengo la posibilidad de organizar mis cosas antes de irme, que  aún tengo tiempo para organizarlo todo.

En este aspecto no puedo por menos que acordarme de la película Mi vida sin mí. Me gustaría tener el coraje de su protagonista preparando la vida de su familia para cuando ella no esté.  Pero también me impactó porque sé que la realidad siempre supera a la ficción, sé que en muchas partes habrá habido y hay personas que, sabedoras de su breve futuro, habran hecho lo impensable para que los que quedan tengan la mejor vida posible. Estoy seguro que habrá personas cuyo comportamiento y estrategia habrá superado en mucho a la película.

Me gustaría que a lo largo de la evolución de mi enfermedad, de la degeneración prematura que me va a imponer, mi mente se pudiese mantener independiente de la degeneración física. Yo creo que la enfermedad es como un envejecimiento natural, solo que más acelerado.  Si considero que ahora tengo 50 años, que mi padre murió a los 80, mi abuelo a los setenta  y poco, y mis tíos no pasaron ninguno de los 80, sé que genéticamente estoy programado para no superar esa edad, pero lo que también sé es que a mí no me quedan 30 años de vida. Si tenemos en cuenta que la fibrilación auricular permanente duplica  la probabilidad de muerte a los que la padecen, o lo que es lo mismo, reduce a la mitad su esperanza de vida, tengo claro que me quedan, en el mejor de los casos y considerando la hipótesis más optimista, unos 15 años de vida.

Pienso entonces que cada paso de mi enfermedad es igual que cada paso en el deterioro natural que impone el envejecimiento, deterioro que he visto en mi padre o en mi madre, pero que en mi caso irá a doble velocidad. Prefiero entender  mi enfermedad como un proceso tan natural como el envejecimiento, o de otra forma,  pienso que mi enfermedad es como cualquier otro proceso natural, por lo que no debería enfadarme ni  luchar contra mi realidad, como nadie, salvo los necios, lucha contra lo que no pueden controlar.

Intento evitar compararme con los que están mejor que yo, y en todo caso, si tengo que compararme, prefiero compararme con los que están peor, o ya no están. Muchas veces me sirve pensar en los que se fueron sin haber podido disfrutar lo que yo ya he disfrutado y sigo disfrutando, y entonces me sirve pensar que, sólo por ellos, solo por los que no pudieron llegar, merece la pena seguir aquí.  Pienso que por ellos tengo que seguir disfrutando de lo poco o mucho que me queda. Me gusta pensar que tengo que vivir lo que ellos no pudieron, aunque sea algo tan simple como ver salir el sol , disfrutar un día de lluvia, de una película, o de cualquier detalle de la cotidianeidad.

Veo muchas personas que no aceptan envejecer, se enfurecen al no poder hacer las cosas como las hacían cuando eran jóvenes. Veo viejos que no aceptan la vejez como parte de la vida sino como una patología. Quieren ser viejos pero con todas las facultades físicas y mentales de los que no lo son, o no dejan de envidiar a aquellos que llegan con menos  deterioro que ellos. Pocos mayores parecen aceptar la genética y el destino que les ha tocado, y se revuelven una y otra vez contra su realidad. En vez de disfrutar de las facultades y posibilidades que todavía tienen, se regodean  una y otra vez en sus limitaciones o utilizan su edad y su deterioro como excusa para no disfrutar del resto de vida que les queda. No me gustaría comportarme con mi enfermedad como esos ancianos que rechazan su envejecimiento y que niegan una y otra vez su destino como si nunca fuesen a morir, o al contrario, actúan como si ya estuviesen muertos. La enfermedad para mi es otro proceso natural, tan natural como la muerte, y como tal debo aceptarla.

Pero dejarse dominar por la enfermedad cuando aún se está vivo y se tiene un mínimo de consciencia es permitir que la enfermedad nos robe lo que todavía es nuestro, lo que todavía no ha conquistado. Creo que a la enfermedad no hay que dejarla que domine lo que aún no puede dominar,  esto es lo que yo entiendo como “luchar contra la enfermedad”. No creo que se pueda luchar intentando frenar una enfermedad, la enfermedad es en el fondo una parte de uno mismo, si mis músculos fallan por un ELA o por un cáncer esos también son mis músculos y el ELA o el cáncer soy yo, yo soy por tanto la enfermedad, mi arritmia es parte de mi, igual que el tener un pie del 48 o medir 1,90 m, pero la enfermedad no es todo lo que yo soy. Mi enfermedad determinará el funcionamiento de mi corazón o de mis músculos, pero el resto de mi cuerpo y de mi mente no tiene por qué verse afectado por la enfermedad, ya no es enfermedad.  Mientras mi cabeza esté sana, mientras al menos pueda mover un ojo y la enfermedad no lo dañe, intentaré que éste no pierda el tiempo sintiendo lástima por quedarse tuerto, sino disfrutando de lo poco o mucho que aún le queda por ver.

Yo tengo una gran suerte, de momento, y si no desarrollase otra enfermedad, cosa poco probable, la que ahora tengo es una enfermedad que  no es dolorosa. Es una enfermedad que produce  angustia, crea sensaciones de ahogo, intranquilidad, dolores puntuales en corazón,  y un sinfín de síntomas que reducen la actividad, pero que no me obligan a estar conectado a una bomba de morfina. Me comparo con mis amigos y familiares que tuvieron la desgracia de morir entre terribles dolores y me siento inmensamente afortunado, al menos de momento.

El problema para mi es que mi estado de ánimo cambia con el tiempo.  Cuando estoy en un estado optimista veo cada día como una oportunidad, no pienso en mis limitaciones sino en lo que puedo hacer cada momento y cada día, no pienso en la brevedad de mi vida ni en los padecimientos que me esperan.  Aunque tenga síntomas y sensaciones desagradables mantengo mis planes a largo plazo pero me fijo solo en cumplir los de muy corto plazo.

Sin embargo, cuando me domina el pesimismo, entonces es la desesperanza, el desinterés en el futuro inmediato lo único que existe. Entonces me abandono a la pasividad, ¿para qué hacer nada si no tengo futuro? ¿De qué sirve trabajar, tener ilusiones, ver amigos, o simplemente existir?  En esos momentos cada persona con la que me cruzo me parece con una suerte infinitamente mayor que la mía, envidio los que han llegado a viejos porque se qué yo no llegaré. Envidio a muchas personas con las que me cruzo por que no padecen ninguna enfermedad, y creo que sufro una terrible injusticia por haber enfermado tan pronto. Los pensamientos más negros y pesimistas son los que bombardean mi mente en esos días y cada minuto es un esfuerzo por no perderme a mí mismo.

La diferencia  entre mi actitud optimista y la pesimista no tiene nada que ver,  la mayoría de las veces,  con mi estado real de salud. No es que me sienta mal por la arritmia y por eso entro en el pesimismo, no necesariamente, a veces me siento peor físicamente y sin embargo sigo optimista, otras veces estoy bien de mi enfermedad, no tengo ningún síntoma, pero caigo en la depresión. En este sentido, me pasa lo que he leído en una entrevista a Rafael Santandreu y cuya idea comenta en su libro "El arte de no amargarse la vida"



 “una idea irracional muy extendida es que la salud es muy importante, ¡eso es totalmente absurdo!. La salud es algo que vas a perder seguro a medida que cumplas años. ¿Cómo te puedes apegar a algo que vas a perder seguro?. Te preguntaré algo: ¿Cuántas personas crees que hay en el mundo que no tienen una salud completa y que son bastante felices o muy felices?, muchos. Si la salud fuera tan importante, muchos de ellos ya se habrían suicidado. Está bien tener salud, pero puedo ser muy feliz también sin ella. Me costará más y tendré que hacer otras cosas para compensarlo, como el caso de Stephen Hawkins”

Para mí la clave para evitar el pesimismo es detectar cuando estoy entrando en ese estado pesimista. Mi truco, de momento, está en detectar los momentos de inflexión. Si estoy realmente atento a mi cabeza me doy cuenta de los momentos en los que las ideas negativas empiezan a invadirla. No paso del optimismo al pesimismo en cuestión de segundos, el cambio no es tan rápido, y si estoy atento, si me esfuerzo en detectar y evidenciar esos cambios, entonces es cuando puedo contrarrestarlos.

Para mí es una cuestión de esfuerzo, es un acto de voluntad, es como querer seguir haciendo deporte o mantener  cualquier actividad voluntaria diariamente. La diferencia es que hago deporte a horas fijas, me voy a clases de pintura en días y horas concretos y puedo prepararme mentalmente para disfrutar de las actividades que me propongo. Pero las ideas negativas sobre mi futuro llegan en cualquier momento, no tienen hora ni día, no llegan a las 2 de la tarde y puedo estar preparado para frenarlas.  Cualquier contratiempo, una inesperada taquicardia nocturna, una contrariedad personal, un pequeño detalle  en cualquier momento del día, o simplemente sentir palpitaciones al subir una escalera, abren la puerta para empezar a cambiar del optimismo al pesimismo.

El ejercicio de voluntad es el estar atento a ese momento, a ese fugaz pensamiento negativo que me invade, detectarlo  y hacerlo consciente. Lo eficaz es darme cuenta de los momentos iniciales del cambio del optimismo al pesimismo, es entonces cuando puedo hacer pequeños esfuerzos por contrarrestarlos, es entonces cuando puedo borrar de mi mente el pensamiento y aferrarme a las razones anteriores para compensarlo (por eso también las escribo, para poder recordarlas cuando he perdido el sentido).Lo que me doy cuenta es que cuando ya he entrado en un estado pesimista, cuando ya estoy en el pozo, me resulta mucho más difícil salir de él y entonces me parece que no puedo más que esperar a que pase el tiempo, a que amanezca otro día y la suerte haga que pueda sentirme mejor.

Por eso es tan importante la meditación para personas como yo. La meditación es el deporte mental de darte cuenta de lo que pasa por la mente, y obligarla a pensar lo que tu quieres, no lo que ella quiere. Por si alguien estuviese interesado, comenté en otra entrada mi visión de la meditación.

La meditación me ayuda a desbloquear los pensamientos negativos, para mi meditar es como un entrenamiento deportivo, tienes que ser muy consciente de lo que estás pensando, y estar constantemente obligando a la mente a volver donde tu quieres. La meditación  es un entrenamiento para reconocer los pensamientos depresivos cuando estos empiezan a aparecer. La meditación me ayuda a romper la inercia del pensamiento, me ayuda reconocer cuando las elucubraciones negativas empiezan a invadirme.

Cuando me invaden los pensamientos negativos entonces me fuerzo en pensar que todavía estoy bien, que el resto de mi cuerpo sigue funcionando y que debo disfrutar el momento y evitar los pensamientos que hacen que el futuro quiera dominar mi presente. En este sentido la meditación me está ayudando, sé que es una cuestión de voluntad. La misma voluntad que debo poner al meditar, en estar pendiente de mis pensamientos, en verlos como si fuese un observador, un espectador de mi cabeza, esa voluntad es la misma voluntad que me ayuda a reconocer cuando mi mente quiere entrar en la visión negativa de mi existencia. De hecho, para algunos maestros de la meditación, esta no es más que un continuo esfuerzo de voluntad, meditar es ejercitar continuamente la voluntad, la voluntad de detectar los pensamientos y no dejarse llevar por ellos.

El éxito entonces es no perder el sentido de mi vida, no olvidarme de los objetivos que me quedan por cumplir, intentar terminar el trabajo y los pequeños desafíos que me he planteado. Luchar por mantener estos objetivos es lo que me salva de caer a veces en la desesperación.  Darle un sentido a mi vida me ayuda a vencer los pensamientos negativos, pero este es un aspecto del que prefiero hablar en otro momento, que bastante me he enrollado ya.



viernes, 29 de marzo de 2013

Meditación ¿servirá para las arritmias?





Cuando leí el libro Anticáncer, de Servan-Schreiber (ver entrada) en el que el autor utiliza, y justifica, la meditación como una técnica importante para el control del estrés  y de ayuda en los procesos neoplásicos, me convencí de que debía probar esta técnica, ya que podría ayudarme, sino a controlar, sí a sobrellevar mis futuros problemas con la fibrilación. Como se verá, la meditación influye en el ritmo cardiaco y en la actitud mental de enfermos, aspectos ambos muy relacionados con las causas o síntomas de la fibrilación auricular, por lo que mi interés en la técnica resultó evidente. En este post daré mi visión sobre la meditación, una visión personal fruto de mi propia experiencia y por tanto subjetiva y sesgada en aquellos comentarios no soportados por las evidencias.

Durante muchos años, sobre todo en mi época de estudiante universitario, había estado familiarizado con la filosofía budista y los textos sobre la educación de Jiddu Krishnamurti. Sin embargo, pese a las numerosas referencias a la meditación que había en mis lecturas, nunca había considerado su práctica.  Entonces, al igual que para mucha gente, meditar era lo mismo que rezar.   Meditar tiene una connotación negativa para muchos, como he podido comprobar varias veces, que la entienden como algo relacionado con sectas, control mental,  monjes orientales o religiones oscuras.

Meditar es simplemente un ejercicio mental que consiste en practicar el control de los pensamientos, evitando en lo posible que la mente divague en lo que ella quiere, forzándola continuamente hacia los pensamientos o rutina mental que nosotros queramos. De alguna forma, meditar  “es el esfuerzo de pensar en no-pensar”, aunque tampoco es exactamente así, como luego explicaré. Aparentemente  el ejercicio parece una chorrada, ahora bien, si cualquiera no iniciado lo intenta, es decir, si te sientas cómodamente en una silla, cierras los ojos para evitar distracciones y te planteas, por ejemplo, no pensar en nada durante 15 o 20 minutos, enseguida comprobarás que al cabo de muy poco tiempo, segundos o unos minutos, tu mente está pensando en algo. Para ayudarte a seguir probablemente decidas pensar en algo, por ejemplo concentrarte en la respiración (una de las técnicas más utilizadas), así que decides que tu mente se concentre en observar como inspiras, como detienes unos segundos la respiración y como espiras, y así respiración tras respiración, pero tu mente, tarde o temprano, va a irse a pensar algo diferente, entonces tu esfuerzo debe ser el de obligar que la mente vuelva al ejercicio que has decidido. Esta forma de meditar, con este u otro ejercicio similar, es la que todos practicamos cuando empezamos. 

Con el tiempo y la práctica, y sobre todo incorporando sutiles matices en la forma de ejecutarla, la meditación empieza a interiorizarse, los ejercicios cambian, y según tu fuerza de voluntad, tu sensibilidad espiritual, incluso religiosa, el esfuerzo va transformando tu mente de forma que se produce un auténtico “reset” mental cuando meditas. Lo más común es que al terminar la meditación tengas la sensación de que tu mente está mucho más tranquila y despreocupada, y eso suele acompañarse de una sensación placentera, de intensidad muy variable en cada persona.

Aunque la meditación suele estar comúnmente rodeada de connotaciones religiosas, esotéricas o incluso “sectarias” como antes comenté, la verdad es que la práctica en sí misma es neutra y objetiva, o como dice Bodian en Meditación para dummies, “no tienes que abrazar un culto ni bautizarte, ni tampoco tienes que abandonar tu vida cotidiana ni correr a un monasterio en el Himalaya. Sencillamente necesitas practicar meditación con regularidad, sin tratar de llegar a ninguna parte ni alcanzar nada”

Hay dos grandes familias de técnicas meditativas, una es la del ejemplo anterior,  basada en la concentración (concentrarse en la respiración, en una oración o “mantra”, en una imagen, etc.). La otra familia de técnicas está basada en la presencia consciente, es decir, prestando atención a todo lo que te rodea y ocurre, que en definitiva es concentrarse en lo que piensas o haces en cada momento. 

El primer grupo de métodos, el de la concentración de la mente en aspectos puntuales como la respiración o la oración, es el que más  utilizan las escuelas de origen hindú. Por poner unos ejemplos, es la técnica que utilizan los seguidores de la MeditaciónTrascendental o los seguidores de Paramahansa Yogananda,  base de los centros Ananda de meditación donde la meditación, y no los ejercicios yóguicos, es el fuerte de su actividad. Este método de meditación es el que parece dominar en grupos religiosos, donde el culto a divinidades y la creencia en la otra vida, en la reencarnación, o en prácticas esotéricas e incluso mágicas suelen ser parte importante de su liturgia. En estos métodos, el que medita debe esforzarse en mantener la concentración en un acto concreto (ej. como entra y sale el aire en la respiración) o en una imagen o un mantra, y el esfuerzo está en volver una y otra vez a dicho objetivo cada vez que la mente se despiste y piense en otra cosa.

El otro grupo de métodos, más centrados en la atención o presencia consciente de lo que rodea al que medita, es el que utilizan preferentemente  las escuelas de base budista. Un representante hindú de este método fue  Jiddu Krishnamurti, pero la mayoría de centros que se basan en la meditación zen u otras escuelas de budismo suelen utilizarla. Estas escuelas suelen tener una base importante de ateísmo y sus métodos han hecho buenas migas con la psicología occidental, más laica y menos esotérica. Para esta escuela, la meditación es casi sinónimo de lo llamado “presencia plena”, que ahora se ha puesto de moda como “mindfulness”, es decir, meditar es estar totalmente concentrado en lo que se hace en cada momento y el esfuerzo mental es precisamente ese, concentrar la mente en la acción de cada momento (p.ej. si se está comiendo una fresa, concentrarse en su sabor, textura, masticación, etc., Si se está corriendo, centrarse en todo lo que se ve mientras se corre volviendo a dicha actividad cada vez que la mente se despiste en sus propios pensamientos).

Debo aclarar que la dicotomía que he establecido es una burda sobresimplificación ya que los dos métodos pueden ser empleados en mayor o menor medida tanto en las escuelas teístas como en las budistas y hay una gran diversidad de aproximaciones, variaciones, mezclas y sutilezas de interpretación en todas las escuelas de meditación, me atrevo a decir que casi tantas como profesores las imparten.

Aunque posiblemente válida para la mayoría de la gente, creo que la meditación tampoco sirve para todo el mundo. Mi sensación (totalmente subjetiva), es que hay ciertas personalidades, o patologías, para las que la meditación es una excelente herramienta y otras a las que no le sirve de nada y que no obtienen ningún beneficio. Si obviamos a aquellos a los que no les interesa nada mejorar su bienestar físico o mental, (y mucho menos espiritual, y por tanto la meditación les parezca algo tan esotérico como leer un libro), creo que aquellas personalidades muy racionales, con mentes muy organizadas, con alto nivel de concentración en su vida cotidiana, o con bajo o escaso carácter espiritual o sensibilidad, puede que no encuentren en la meditación ningún interés. Sin embargo mentalidades menos racionales, con más sensibilidad o espiritualidad, personalidades complejas, o personas con alguno de los numerosos problemas que la meditación parece ayudar a controlar, pueden utilizarla como una herramienta importante.

Insisto, no obstante, que la meditación está comúnmente rodeada de discursos espirituales, seudoespirituales religiosos y esotéricos que animan, pero también pueden desanimar, a mucha gente a practicarla. En función de las creencias, de la personalidad, y de lo que se quiera resolver, cada uno debe buscar su método y su “escuela” base, no todos los métodos  y las “parafernalias” que les rodean sirven para todo el mundo.

Se medite o no, lo cierto es que la práctica de la meditación ha demostrado durante décadas tener  efectos sobre la salud física y mental, y esos efectos han sido comprobados científicamente. Stephan Bodian (Meditación para dummies), resume algunas evidencias de los casi 600 artículos de investigación que se han publicado hasta la fecha (ver un listado de referencias en http://www.tm.org/research-on-meditation, la mayoría sobre la Meditación Trascendental).

La meditación ha demostrado científicamente tener una serie de beneficios fisiológicos:

- Disminución del ritmo cardiaco: Los estudios demuestran que el ritmo cardiaco disminuye  durante la meditación ente 2-3 y 15 latidos por minuto, siendo mayor en meditadores expertos. Al mismo tiempo el rendimiento cardiaco aumenta hasta el 15%.
- Disminución de la presión sanguínea (control de la hipertensión). La presión sistólica disminuye de forma regular hasta en 25 mmHg (en individuos normales o moderadamente hipertensos)
- Mejor capacidad para recuperarse del estrés: la meditación hace disminuir la concentración de cortisol hasta en el 25% en los practicantes expertos y de lactato hasta en el 33%
- Cambios en las ondas cerebrales (disminución de las ondas beta, asociadas con el pensamiento) y aumento de las alfa, delta y gamma (relacionadas con la relajación profunda y mayor actividad mental)
- Mayor sincronización de los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro (mayor creatividad y velocidad de pensamiento)
- Disminución de ataques cardiacos  y mayor longevidad: Los practicantes de meditación viven por término medio ocho años más que quienes no la practican, con el 30% menos de fallos cardiacos y el 50% menos de muertes por cáncer.
- Reducción de niveles de colesterol: se reduce la concentración de colesterol sérico hasta en 30 mg/dL.
- Disminución del consumo de energía y de la necesidad de oxígeno: la meditación reduce hasta el 55% el consumo de oxígeno, reduce la eliminación de dióxido de carbono hasta en un 50% y la frecuencia respiratoria de 14-16 respiraciones por minuto hasta tan solo 1-2.
- Menores gastos médicos: los meditadores tienen un 74% menos de hospitalizaciones, el 55% menos de visitas ambulatorias y el 63% menos de gastos médicos respecto de grupos control no meditadores.
- Aumento de la materia gris en las regiones asociadas con la atención, la memoria, gestión del estrés, empatía e integración emocional, y reduce la amígdala, foco del estrés y la ansiedad en el cerebro.
- Reducción de la activación del dolor. El cerebro de los meditadores registra menos sensación de dolor y lo procesa de una forma que lo hace más tolerable (reducción de un 57% de los estímulos dolorosos y de un 40% en intensidad en los grupos meditadores frente al control)
- Mejora de la conectividad cerebral y el deterioro asociado a la edad: Los meditadores tienen más fibras de materia blanca (relacionada con la conectividad cerebral) y más densas y aisladas que los no meditadores, y su deterioro con el envejecimiento era inferior.

Beneficios psicológicos:
- Más felicidad y paz mental
- Mayor goce del momento presente (incremento de la presencia plena)
- Menor volubilidad emocional, menos emociones negativas y cambios drásticos del humor.
- Relaciones sociales más armoniosas y amorosas
- Aumento de la empatía
- Creatividad y autoactualización realzadas
- Mayor sensibilidad y claridad perceptiva
- Reducción de la ansiedad aguda y crónica
- Reducción de la mente errática y fantasiosa.
- Complemento de la psicoterapia y otros enfoques en el tratamiento de la adicción.
Para iniciarse en la meditación hay una ingente cantidad de libros y recursos de todo tipo y para todos los gustos, no hay más que dirigirse en cualquier librería a las secciones de Autoayuda, Religión, Esoterismo o, menos frecuentemente, de filosofía. A mí, agnóstico, con mentalidad científica y alto grado de escepticismo, pero con acusada sensibilidad, me han resultado particularmente interesantes los siguientes (dentro de mi exiguo conocimiento sobre todo lo publicado):

- Osho  es un autor muy prolífico que tiene publicados varios libros sobre meditación, algunos son bastante “rollo” desde mi punto de vista, en uno titulado: Meditación. La primera y última libertad, por lo menos entra en las técnicas y detalles de las mismas.

- Juan Manzanera. El placer de meditar. Ed. Dharma. Más de la mitad del libro es una interesante introducción al budismo, en la segunda mitad indica diferentes métodos y prácticas de meditación.

- Stephan Bodian. Meditación para dummies. Ed. Norma. Su planteamiento es muy occidental, va al grano y explica bastante bien mucha de la parafernalia y esoterismo que rodea a algo tan simple como meditar, bueno para aquellos con mente pragmática que quieran iniciarse y olvidarse de un exceso de “florituras” espirituales.

- Katsuki Sekida. Za Zen. Ed. Kairós. Es un libro de introducción al budismo zen, pero la primera mitad del libro se centra en la técnica zen de meditación basada en la concentración en la respiración.

- Jiddu Krishnamurti. La mente en meditación. Ed. Kairós. Es una selección de textos breves de toda la obra de Krishnamurti referidos a la meditación.  Considero que es un texto para aquellos ya familiarizados con el tema, algunos de sus comentarios son de difícil comprensión en otro caso.

Finalmente, y respondiendo a mi pregunta, no he encontrado ningún artículo que haya estudiado la relación entre la meditación y las arritmias. Desconozco por ejemplo hasta que punto la meditación por personas con bajas pulsaciones pueden verse favorecidas o no por esta práctica, pero intuitivamente encuentro bienestar en la meditación, asi que, hasta que no me demuestren lo contrario, seguiré practicándola.